Algunas reflexiones sobre educación y construcción de valores:
A partir de la VIII Jornada para una Educación Creativa

Por Ana Belén García-Varela
CUADERNOS DEL INSTITUTO IKEDA · 2 · Dic. 2020


Una jornada firmemente enraizada en su momento histórico: captura de pantalla de un instante de la sesión telemática del 6 de junio de 2020 (fragmento)

La VIII Jornada para una Educación Creativa generó un interesante espacio para el diálogo a través de las preguntas de los participantes. Ese foro de debate permitió reflexionar sobre aspectos muy relevantes en aquellos procesos de cambio en educación que estaba generando la pandemia.

La reflexión comenzó a partir de una pregunta que planteaba si era posible que la postura de agradecimiento y bondad, que surgió en muchas personas al inicio de la pandemia, se mantuviera una vez se superara la crisis sanitaria o si sería algo que iría desapareciendo después. Esta jornada tuvo lugar en el mes de junio, y los meses posteriores ya hemos podido vivir la crispación y tensiones que han surgido. Como ya comentábamos en aquella jornada, aquellos sentimientos emergieron dentro de un contexto social muy determinado, pero eso no aseguraba que se fueran a mantener simplemente por el mero hecho de haber surgido. Ya adelantábamos que muchas de las muestras de agradecimiento se podrían perder, sustituidas por valores previos de la sociedad y nuevas reinterpretaciones de los hechos. En este sentido, podemos entender que las acciones de las personas se contextualizan en sus valores y creencias sobre la situación.

Entonces, a partir de esto, tal vez la pregunta que podríamos realizar es qué hacer para que lo que hemos aprendido en una situación como esta no se pierda y se pueda reconstruir nuestra sociedad desde esos aprendizajes. Posiblemente encontremos parte de la respuesta a esta pregunta en una educación en valores que nos permita comprender la vida en términos de aprendizajes que nos ayuden a mejorar como sociedad. La situación que vivimos al inicio de la pandemia nos pudo llevar a reflexionar, por ejemplo, sobre el valor de profesiones dedicadas al cuidado o de otras que habían estado más invisibilizadas y que eran esenciales en aquel momento. Muchas profesiones que, en la mayoría de los casos, no estaban valoradas social o económicamente fueron fundamentales en aquella situación por su labor social. Ese podría ser un valioso aprendizaje derivado de las circunstancias. Pero, para ello, cada persona es responsable de seguir manteniendo esa toma de conciencia. Si no existe ese trabajo personal, lo habitual es que se vuelva a sustituir por valores anteriores, más individualistas, que posiblemente estén más relacionados con la sociedad neoliberal y de consumo en la que estamos inmersos.

Estos aprendizajes también nos pueden llevar a replantearnos qué tipo de sociedad queremos construir. Para ello, tenemos que ser conscientes de nuestra responsabilidad individual en términos políticos, no solo en cuanto a qué políticos votamos, sino también qué medios de comunicación apoyamos, qué actitud tengo ante los fenómenos sociales que ocurren a mi alrededor, cómo me involucro o me siento parte de lo que ocurre en mi contexto social más cercano, etc.

Por ello, podemos decir que la circunstancia externa no te cambia; el cambio depende de uno mismo. Así, por ejemplo, si lo que nos preguntamos es qué aprenderán de esta situación los niños y niñas, dependerá de cómo se esté viviendo en su entorno cercano y cómo se lo hagan sentir.

Otro de los valores de los que se ha estado hablando en este contexto ha sido el agradecimiento. En esta situación nos hemos sentido agradecidos, por ejemplo, a sanitarios o profesionales de servicios básicos que han mantenido su labor incluso durante las semanas o meses de confinamiento domiciliario. Pero ese agradecimiento y la forma en que se pueda mantener en el tiempo depende de qué papel tiene ese valor en nuestra vida. ¿Es para nosotros importante sentir agradecimiento? ¿Es para nosotros un valor sentir agradecimiento? ¿Qué valores son los que sustentan nuestra vida? La composición de los valores de una persona cuenta con elementos individuales y culturales, es decir, cómo es de importante en mi vida y cómo está presente ese valor en mi cultura, en mi país, etc. A partir de esos valores, nos moveremos a actuar en un sentido u otro.

Como personas, individualmente podemos profundizar en qué valores mueven nuestra vida y, en esto, la filosofía y la religión tienen un importante papel. Por ejemplo, desde el budismo Nichiren, practicado en la Soka Gakkai –asociación convocante de la jornada, también fundada por Daisaku Ikeda–, el amor compasivo y el agradecimiento son dos grandes valores que mueven a las personas a determinarse a realizar su revolución humana con vistas a mejorar su contexto y la sociedad. Como sociedad, vivimos actualmente en un momento en el que se pueden estar produciendo cambios en nuestros valores, que solo podremos apreciar con el paso del tiempo y que dependerán del cambio individual que cada uno y cada una de nosotras afrontemos. Por este motivo, es tan importante que tomemos una actitud activa, basada en nuestros principios y valores, que puedan inspirar a otras personas a enfocarse en la mejora de la sociedad.

De nuevo, podemos ver un ejemplo de cómo se manejan los valores de agradecimiento y el amor compasivo en las actividades de la Soka Gakkai. Sus miembros se apoyan para seguir creciendo juntos con la actitud de hacer que nadie se quede atrás, aportando aliento a otros compañeros y compañeras, frente a otros valores posiblemente más individualistas que priman en una sociedad marcada por un fuerte componente consumista. Esta postura ante el otro, que plantea que nuestra felicidad también está conectada con el bienestar de los demás, supone un valor que se tiene que hacer visible en comportamientos concretos. No se trata de una postura teórica, de un planteamiento mental, sino de una forma de relacionarnos con nuestro entorno. Así, comprender que el crecimiento personal está unido al crecimiento social nos hará entender mejor la manera en que estamos conectados con nuestro ambiente y nos animará a transformarlo desde dentro, desde el cambio personal. Al sentirte conectado a tu medio ambiente social y natural, no puedes crecer solo ni aislado del posible sufrimiento de otras personas.

Para entender mejor ese cambio personal, podemos pensar en nuestra propia vida. De manera individual, podemos comenzar reflexionando sobre qué buenos hábitos generamos durante el confinamiento y si hemos sido capaces de mantenerlos. También podemos plantearnos qué cambios concretos veo necesarios en mí mismo para poder tener más en cuenta a las personas de mi entorno. Es además importante pensar sobre cómo me cuido o cómo puedo ayudar a mejorar la situación de los demás.

Pero, en este sentido, no podemos olvidar que, para poder cuidar a otros, debemos empezar también por nosotros mismos. No tendría sentido una entrega tal que nos hiciera olvidarnos de nuestras propias necesidades. Si uno mismo no está bien, su estado va a hacer más difícil cuidar de los demás. Por ejemplo, en relación con los educadores, en las Jornadas para una Educación Creativa reflexionamos sobre la importancia de poder tener un buen estado anímico o de salud para poder llegar mejor a las personas con las que trabajamos, así como apoyarnos o apoyar a otros que están en la misma situación.

Esto es especialmente importante en este momento en que las circunstancias han generado nuevos retos en muchos contextos. En el ámbito educativo, muchos docentes y educadores se han visto desbordados por las nuevas situaciones que genera la hiperconectividad del alumnado. No es solo una cuestión de aprender a manejar unas herramientas informáticas o aplicar unas medidas sanitarias (cuando la actividad ha vuelto a ser presencial), sino también de ser capaces de afrontar la incertidumbre y aprender a gestionar los tiempos.

En cuanto a la gestión de la incertidumbre, y también en relación con la resiliencia, posiblemente eran aspectos que no se tenían demasiado en cuenta en los currículos escolares ni en la formación de los futuros docentes. La forma de vida de los países “desarrollados” nos hacía creer que todo era seguro y previsible, y en pocos días nos vimos en la situación de tener que gestionar una incertidumbre a la que no estábamos acostumbrados. La gestión de la incertidumbre tiene que ver con la capacidad de adaptación a nuevas situaciones. ¿Cuán flexible soy capaz de ser conmigo mismo? ¿Soy capaz de soportar la incertidumbre de no saber lo que va a ocurrir? ¿Necesito que todo esté controlado en mi vida o siento que seré capaz de adaptarme a las circunstancias cambiantes que lleguen? Todas las circunstancias son cambiantes, tanto buenas como malas, y se trata de asumir que estamos capacitados para salir adelante de cualquier situación, pero que además esa situación no perdurará para siempre. Se trata de asumir que la felicidad verdadera está contenida dentro de la superación de esas dificultades que estamos sufriendo, y convertir esa situación en una oportunidad de aprendizaje y mejora personal.

Otro de los retos de los que hablábamos es el de la exigencia que supone la hiperconectividad. Frente a lo que la opinión pública tal vez transmitió, muchos docentes y educadores se vieron obligados a estar vinculados a su trabajo muchas más horas de las habituales. Esto es debido a la multitud de fuentes de información y comunicación que nos permite Internet. De forma positiva, Internet es un gran recurso que nos permite estar en contacto, por ejemplo, con nuestros estudiantes, sin tener que salir de casa. Pero también supone que los límites de los horarios de trabajos se rompen, de forma que reuniones, clases, tutorías, etc. podrían darse a cualquier hora del día.

En este sentido, en la Jornada para una Educación Creativa nos preguntamos sobre dónde están los límites o quién o cómo puede establecerlos. Establecer estos límites de forma individual implica ser capaz de organizar tu vida, no solo en cuanto al ámbito profesional, sino también personal o familiar. Tener unos límites claros también nos permite cuidarnos y gestionar de una forma más eficaz nuestras emociones. Porque no podemos estar disponibles siempre, a cualquier hora, en cualquier situación y para cualquier persona. Esta situación de sobreexposición a la larga produce estrés y agotamiento, porque anteponemos las necesidades del otro a las nuestras, o incluso olvidamos las nuestras. En aquella situación de confinamiento domiciliario, por ejemplo, se hizo especialmente importante cuidar los espacios de descanso, la alimentación y el ejercicio físico que nos permitían las circunstancias, para mantener una buena salud. Estos límites aplicados a la hiperconectividad pueden evitar la sobreexposición a la que muchos docentes se vieron expuestos. Pero bien es cierto que esos límites tienen que ser flexibles para poder adaptarse a las diferentes situaciones del día a día.

Por tanto, aprender a ser flexibles con nosotros mismos también es una necesidad en estos momentos de incertidumbre. Así que tendríamos que cuestionarnos ¿cómo vivimos la exigencia? o ¿hasta dónde nos estamos exigiendo? En esta situación, nos hemos encontrado a muchas personas que tenían que compaginar el teletrabajo con tareas familiares, por ejemplo, y que sentían que no eran capaces de llegar a todo. Desde los planteamientos de Ikeda, se trata de vivir cada día con la ilusión de afrontar un nuevo reto con alegría, pero sin dejarnos la vida en ello. Por ejemplo, en estas situaciones podemos apreciar la importancia de estar conectados con otras personas y apoyarnos mutuamente, y que, como nos sugiere Ikeda (2020), la interconectividad favorece que no nos sintamos solos en ninguna circunstancia.

Tenemos también que aprender a valorar nuestros propios esfuerzos, nuestra capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias que nos ha tocado vivir, frente a esos sentimientos de incapacidad que puedan surgir al pensar que no se llega a todo. En este sentido, el Dr. Alejandro Iborra nos aconsejaba el uso del sentido del humor como una herramienta para generar un ambiente más distendido que facilite la expresión de los sentimientos y la superación de las situaciones. El sentido del humor no deja de ser otra manera cotidiana de trascender.

Por otro lado, otro tema muy interesante que surgió en este debate fue el de cómo se tuvieron que transformar los procesos de aprendizaje tan rápidamente al tener que pasar toda nuestra docencia a una modalidad virtual debido al confinamiento. En concreto, a muchos docentes les surgía la duda de cómo generar procesos de evaluación para cumplir los estándares preestablecidos utilizando ahora exclusivamente herramientas virtuales.

Es posible que, desde las diferentes administraciones, no se prestara suficiente atención a todas estas adaptaciones que se tuvieron que hacer en aquel momento. Los docentes se tuvieron que esforzar en generar nuevos recursos para adaptar sus contenidos a un formato virtual y llevar a cabo además una evaluación bajo esas nuevas herramientas.

Mientras tanto, aquel momento posiblemente debería habernos hecho pensar en ¿qué es lo más importante en una situación así? ¿Qué es fundamental que los estudiantes aprendan y cómo podemos evaluarlo? Es posible que muchos esfuerzos de los docentes se fueran en tratar de completar temarios o generar recursos para poder llevar a cabo una adaptación de la evaluación prevista, que, al realizarse de forma virtual, dejaba de tener sentido tal y como estaba planificada de origen.

Sobre esto deberíamos preguntarnos si realmente los contenidos son tan importantes y deberían guiar nuestra docencia, o si tal vez deberíamos enfocarnos más en el desarrollo de competencias. Una situación como la que hemos vivido puede mostrarnos también que el mundo en el que nuestros estudiantes van a vivir requiere de competencias complejas que tal vez no se han estado teniendo en cuenta desde la enseñanza más tradicional. Esta puede ser una oportunidad para plantearnos que las verdaderas competencias que nuestras nuevas generaciones necesitan están basadas en aspectos como la capacidad de aprender a aprender, gestionar la incertidumbre, aprender a ser autónomos y críticos, ser capaces de evaluar tus propios aprendizajes, etc.

En mi propia experiencia como docente en la Facultad de Educación, he podido comprender el valor de las competencias y lo utilizaré aquí como ejemplo. Desde que comenzamos a impartir la asignatura Educación para la Felicidad hemos podido ver que generar ese contexto de reflexión facilita que los estudiantes conecten con aspectos de otras asignaturas. En esta asignatura participan diferentes profesionales que trabajan en el ámbito educativo desde muy diferentes perspectivas. Esta oportunidad de conocer su experiencia de una manera real y no teórica permite que los estudiantes se pregunten por sus propias posibilidades de futuro, por su capacidad de determinarse a cumplir un objetivo, por su perseverancia, o su resiliencia, entre otras. Así, la asignatura puede convertirse en una herramienta para reflexionar sobre sí mismos y transformar su manera de ver su futuro.

En mi caso, imparto también Psicología de la Educación, y en ella tratamos de reflexionar sobre diferentes modelos de aprendizaje intentando conectar con situaciones reales de aula. Pero no se trata solo de pensar en qué significa tal o cual concepto, o cómo aplicaría tal o cual herramienta, por ejemplo, sino de cuestionarse acerca de su propia identidad como docentes. Posiblemente lo habitual sea que preguntas como ¿qué herramientas quiero utilizar y por qué? ¿cómo me siento cómodo trabajando en el aula? o ¿qué considero que es importante que aprendan mis alumnos? surjan cuando ya estoy ejerciendo como docente. Pero es necesario también plantearnos estos interrogantes en nuestra formación inicial para dar sentido a lo que estamos aprendiendo. Por ejemplo, ser capaz de identificarme con un enfoque constructivista implica tomar decisiones sobre cómo estructurar nuestra aula, pensar cual es el papel de los contenidos en mi docencia, cómo nos relacionarnos con los estudiantes, qué tipo de actividades propondría, etc. Y todo esto va mucho más allá de comprender una teoría o identificarla. Esto es lo que hará que dé sentido a lo que, en el futuro, pueda hacer en mi aula como docente y, por supuesto, reflexionando sobre esto puedo comenzar a generar mi identidad profesional.

Desde estos planteamientos, no podemos seguir evaluando centrándonos en los contenidos. Vemos que lo más relevante no es memorizar contenidos o ser capaz de comprender un tema. Se trata de integrarlo en tu conocimiento para que esas competencias pasen a ser parte de ti. Por tanto, si realizamos una evaluación centrándonos en el proceso de aprendizaje de los estudiantes y no exclusivamente en los contenidos, ya no tendrían sentido, por ejemplo, los sentimientos de desconfianza que generan las herramientas virtuales aplicadas a una evaluación tradicional. Si estoy comprendiendo el proceso de aprendizaje de los estudiantes, ya no tendré que preocuparme por saber si un estudiante ha copiado en un examen porque su aportación será única y diferente a la de cualquier otro.

Esta situación puede hacernos pensar si anteriormente estábamos midiendo “lo importante”, y así generar un proceso de cambio como docentes que nos lleve a generar contextos donde los estudiantes puedan replantearse su pensamiento, donde puedan dar sentido a la teoría, donde puedan madurar, comprender, aplicar y transformarse en el proceso. Seguramente esto nos lleve también a conectar más los aprendizajes con la vida cotidiana o con la realidad, frente a currículos centrados en la memorización de contenidos descontextualizados que, por tanto, tienden a olvidarse.

Por supuesto, en esta situación también es importante la formación docente para poder tener más recursos desde los que afrontar la enseñanza virtual. Pero no debemos olvidar que lo importante no es la tecnología en sí, sino cómo se usa. Repensar nuestra propia práctica como docentes y darle sentido es entonces fundamental.

Un proceso de aprendizaje que dé sentido a lo que se está haciendo debe partir por enganchar a los alumnos y buscar su implicación en el proceso. Es imprescindible que generemos contextos (y no solo actividades) donde los estudiantes puedan dar significado a lo que están haciendo. En ese proceso en el que los estudiantes se sienten implicados, el docente puede acompañar y guiar para saber qué es lo que necesitan. No se trata, por tanto, de transmitir unos contenidos, sino de generar espacios (virtuales o presenciales) donde los estudiantes se hagan preguntas y se impliquen en buscar sus propias respuestas.

Así, nuestro tiempo como docentes se podría dedicar a acompañar, motivar, hacer preguntas y también ayudar a resolverlas, es decir a entender lo que necesitan nuestros estudiantes para poder atenderlos mejor. No se trata, por tanto, de una cuestión de cantidad de tiempo; tal vez es plantearnos a qué dedicamos ese tiempo. Frente a intentar dar todas las respuestas, es posible que la clave esté en enseñar a hacerse preguntas. En la universidad tal vez es más sencillo porque, por su edad y madurez, los estudiantes ya tienen una mayor capacidad metacognitiva, pero con los más pequeños podemos apoyarnos en las familias. De este modo, podemos lograr continuidad entre los aprendizajes que se realizan en la escuela y en la familia, dando un mayor significado a las propuestas y actividades.

Como vemos, todos estos interrogantes surgidos a partir de la pandemia pueden ser vividos como nuevos retos que los profesionales que trabajamos en educación tenemos que afrontar como una oportunidad para mejorar la educación. Seguro que en los próximos meses serán muchos otros los temas que podremos plantearnos y que surgen de la situación de incertidumbre que estamos viviendo, como las preguntas que se generaron al inicio del nuevo curso sobre el uso de espacios naturales como espacios de aprendizaje. Sin duda, todas estas preguntas pueden ayudarnos a mejorar la educación sin perder de vista que nuestra sociedad solo podrá transformarse a través de ella.


Referencias

Ikeda D. (2020). La construcción de una era de solidaridad humana: Hacia un futuro para todos. Propuesta de paz de 2020. Rivas-Vaciamadrid: Ediciones Civilización Global.

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